El fenómeno Donald Trump: un análisis

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Publicado por  (Tomado de Jot Down)

No transcurre un solo día en que no ocupe grandes titulares. Como dicen en Estados Unidos, no es que Donald Trump se haya apropiado del debate político, sino que «él se ha convertido en el debate». Todo parece girar en torno su figura y él, muy consciente de ello, no deja de revolver el avispero con su incendiario discurso. Ha salido reforzado, o por lo menos indemne, de situaciones escandalosas que en anteriores campañas hubiesen dañado las posibilidades de otros candidatos. Las primarias en los grandes partidos acaban de empezar, pero Trump encabeza con holgura las encuestas en el Partido Republicano.

¿Podría Trump llegar a convertirse en presidente? Por el momento las encuestas dicen que perdería frente a la candidatura demócrata, ya estuviese personificada por Hillary Clinton o por Bernie Sanders. Aun así, la irrupción de Trump en la carrera por la Casa Blanca supone una revolución electoral que nadie había podido prever. La percepción que el propio Partido Republicano tiene acerca de quiénes son sus votantes y con qué mensaje llegar a ellos está siendo puesta en solfa. Y en el exótico escenario de que Trump se convirtiese en presidente de los Estados Unidos, podemos anticipar que la política de aquel país cambiaría para siempre. Y no para bien.

El poder del mensaje de Trump

Los sistemas políticos europeos no han sido los únicos sacudidos por la crisis. Aunque en Estados Unidos pervive la vieja bicefalia entre demócratas y republicanos, un terremoto de heterodoxia —de la que Trump es la muestra más visible, pero no la única— ha dejado atónitos a los analistas políticos. Quizá nos sorprenda menos a los europeos: el estilo directo y populista en el discurso de Trump, muy alejado del habitual tono de los políticos, le ha conferido a una pátina de autenticidad a ojos del sector más desencantado del electorado de la derecha. Los analistas políticos hacen cábalas y han elaborado hipótesis de lo más variopinto para explicar su éxito. Por un lado resulta obvio que el mensaje de Trump es populista, maniqueo y reduccionista. Parece guiarse por la vieja máxima de perseguir que se hable de él, aunque sea mal. Toda publicidad es buena, y desde luego está gozando de cantidades ingentes de publicidad aunque en su mayor parte consistan en ataques. Su dominación en las encuestas de cara a las primarias republicanas (al menos hasta el momento de escribir estas líneas) pone de manifiesto que los demás grandes nombres de su partido pueden haber perdido el contacto con su electorado. Trump, con sus ideas grotescas y sus ocurrencias sensacionalistas, ha estado reduciendo a cenizas a candidatos considerados prometedores como Marco Rubio, Ted Cruz o un Jeb Bush que contaba con el impulso dinástico antes de aparecer Trump, pero que hoy ha caído en la insignificancia. Caso aparte es el de Ben Carson, que empezó a perfilarse como una alternativa a Trump hasta que empezó a ser ridiculizado por errores dialécticos gruesos que se le perdonan a otros candidatos, siempre que sean de raza blanca. Al menos esta es la tesis que sostiene una parte de la prensa.

Este baile de candidatos antes de las primarias es habitual en los dos grandes partidos; lo que nadie esperaba era que Donald Trump pusiera patas arriba las previsiones apelando a los bajos instintos de ciertos sectores de la sociedad. Aunque hay que tener cuidado con efectuar paralelismos fáciles con los populismos del viejo continente y en particular con la extrema derecha europea. Los Estados Unidos no tienen un turbio pasado relacionado con las dictaduras, como sí nos sucede a los europeos. Es verdad que Trump puede despertar alarmas porque se muestra extremista en aspectos delicados como el la política exterior y algunas de sus ideas pueden parecer propias de la ultraderecha europea, sobre todo en cuanto a inmigración o terrorismo. Emplea frases de batalla nacionalistas como «hagamos América grande de nuevo» que, unidas a algunas de sus propuestas más alocadas, suenan casi a tácticas goebbelsianas. Pero cabe no dejarse llevar por esta idea. Su mensaje no es equivalente al de un partido ultraderechista europeo, porque Trump no es un antisistema. No censura el sistema político en sí, sino a quienes lo han estado manejando. No ataca a las instituciones, sino a los políticos que han ocupado sus despachos. Su mensaje es emocional y apela a los instintos, sí, pero no se presenta bajo un paraguas revolucionario. No es un ultraderechista al uso. Algunos incluso lo etiquetan de oportunista, recordando que en tiempos pasados, antes de asaltar la escena política, sus ideas no parecían tan radicales. El propio Trump gusta de presentarse como un «conservador de sentido común» antes que como un conservador dogmático. Quienes conocen su trayectoria ideológica sospechan que fuerza la nota para ganar notoriedad; no sería un cordero con piel de lobo, desde luego, pero tampoco el lobo que pretende hacernos creer.

Aun así, se crea o no la totalidad de sus discurso, la pregunta es: ¿en qué radica su éxito? Parte de la respuesta nos la podría haber dado el propio Trump cuando presume de que su condición de multimillonario le permite ser un candidato espontáneo y diferente, aunque haya sido astuto presentándose bajo el paraguas del Partido Republicano para no convertirse en otro Ross Perot, aquel otro multimillonario que se presentó como independiente y plantó cara a ambos partidos pero no pudo ganar en uno solo de los cincuenta estados, ni siquiera en 1992, cuando obtuvo un nada despreciable 19% de los votos totales. Trump, pues, se ha valido de las siglas republicanas pero afirma no necesitar los habituales apoyos a los que recurren otros políticos en campaña. Y lo cierto es que actúa como si de verdad no los necesitase. Esto es algo que ha impresionado incluso a sus detractores.

El candidato de la derecha que desprecia a los medios de la derecha

Trump ha pisado arenas movedizas en las que ningún otro candidato republicano hubiese osado aventurarse, pero ha salido triunfante. El ejemplo más chocante es el abierto desprecio con el que ha tratado a Fox News. La cadena televisiva es el medio más seguido por el público de la derecha republicana y hasta hoy era considerado un actor decisivo a la hora de perfilar opciones de los distintos candidatos republicanos. Lo chocante es que Trump, a pesar de gozar de su apoyo, se ha encargado de poner en cuestión ese poder mediático. Fox siempre trató bien a Donald Trump. En 2011 ejerció como caja de resonancia para el llamado movimiento birther, que postulaba ciertas teorías sobre el verdadero lugar de nacimiento de Barack Obama, que según algunos conspiranoicos era un «extranjero» que no debería haber sido elegible para la presidencia. Trump era uno de los más entusiastas defensores de estas teorías y ya por entonces la cadena insinuaba la posibilidad de que Trump se presentase a las elecciones del 2012. No se presentó en aquella ocasión, pero cuando en primavera del 2015 anunció finalmente su candidatura, Fox recibió la noticia con entusiasmo y comenzó a defender a Trump incluso en mitad de los escándalos provocados sus más sonadas salidas de tiesto. Hasta aquí nada imprevisto: la cadena insignia del sector más populista de la derecha estaba mimando a un candidato que parecía cortado por sus patrones.

Pero si en Fox News imaginaban un idilio fácil con su candidato preferido, estaban equivocados. En agosto de 2015 Trump dio muestra de su carácter indómito cuando se atrevió a plantar cara a la Fox. Un roce entre Trump y la Fox puede parecer un hecho anecdótico, ya que la cadena no va a dejar de apoyarle, pero es muy significativo porque demuestra que Trump no considera necesario mostrarse dócil con la cadena para obtener su apoyo. En un debate de candidatos del partido republicano Megyn Kelly, una de las presentadoras más emblemáticas de Fox, sorprendió a Trump con una pregunta algo incómoda. El diálogo entre ambos iba a convertirse en material para centenares de artículos, columnas y comentarios:

Megyn Kelly: Señor Trump, una de las cosas que la gente ama de usted es que dice lo que piensa y no usa el filtro de los políticos. Aun así, esto no carece de su lado negativo, en particular cuando se trata de mujeres. A las mujeres que no le gustan usted las ha llamado «cerdas gordas», «perras», «vagas» y «animales asquerosos». Su cuenta de Twitter…

Donald Trump: (interrumpiendo) Solamente a Rosie O’Donnell (aplausos y risas del público).

Megyn Kelly: No, no fue así. Para que conste, la cosa fue mucho más allá de Rosie O’Donnell.

Donald Trump: Sí, estoy seguro de que sí.

Megyn Kelly: Su cuenta de Twitter contiene varios comentarios despectivos sobre el aspecto de diversas mujeres. Una vez le dijo a una concursante de Celebrity Apprentice que sería una bonita imagen verla de rodillas. ¿Le suena esto como el temperamento de un hombre al que deberíamos elegir como presidente, y cómo responderá usted a los ataques de Hillary Clinton, que parece será la nominada demócrata, cuando diga que usted forma parte de una guerra contra las mujeres?

Donald Trump: Creo que un gran problema que tiene este país es lo de ser políticamente correcto (aplausos y vítores). He sido desafiado por tanta gente que, francamente, no tengo tiempo para la corrección política. Para ser honesto contigo, este país tampoco tiene tiempo para eso. Este país está en serios apuros, ya no somos los ganadores; perdemos frente a China, perdemos frente a México, tanto en tema comercial como de fronteras. Perdemos ante todo el mundo. Y francamente, a menudo lo que digo es diversión, es broma, lo pasamos bien… Lo que digo es lo que digo. Y honestamente, Megyn, si no te gusta, lo siento. He sido muy amable contigo aunque podría no haberlo sido basándome en la manera en que tú me has tratado a mí. Pero yo no haría eso (el público silba y abuchea). Y, ¿sabes qué? Necesitamos fuerza, necesitamos energía, necesitamos rapidez y necesitamos cerebro para darle la vuelta a este país. Eso puedo decirte ahora mismo (respuesta dividida del público).

La pregunta en sí no tenía nada de particular, ni siquiera viniendo de una periodista «aliada». En Estados Unidos, y más en un debate de primarias, las preguntas incómodas son el pan de cada día. Ni siquiera era una pregunta agresiva, podía ser interpretada (y muchos medios la interpretaron) como un intento de reconducir a Trump, porque si tiene que enfrentarse a una mujer demócrata por la presidencia, esta tendría en sus manos un potente arma acusándole de misógino. Fox News parecía el único poder fáctico capaz de intentar que Trump entrase en razón ante millones de espectadores, con lo cual disiparía un arma electoral del enemigo. La pregunta de Kelly era un toque de atención que Trump podría haber sorteado fácilmente. Sin embargo, Trump no recogió el testigo. Su respuesta no solamente fue frontal —la propia Megyn Kelly quedó visiblemente molesta— sino que después del debate Trump continuó atacando a la periodista en su peor estilo, diciendo que había sido «injusta» con él, que no había sido profesional, que su programa le parecía mejor cuando no estaba ella («quizá debería tomarse otras vacaciones») y que no le parecía una «periodista de calidad». También hizo una referencia a su menstruación y se refirió a ella como «bimbo», un término despectivo que se usa para describir a una mujer de buen aspecto pero poco inteligente. Si ya había irritado a la periodista durante el debate, estos ataques posteriores terminaron de hacerla plantar cara a Trump. Después de diversos cruces de declaraciones, Trump anunció que no volvería a acudir a un programa de la Fox. La cadena, no obstante, seguía dedicándole una amplia cobertura y buscó hacer las paces, dando la impresión de que Fox necesitaba más a Trump que a la inversa. Aunque cabe decir que Trump no ha cumplido su boicot a la Fox en ninguna de las veces que ha amenazado con ello, su relación con el canal no termina de ser fluida. Porque él no quiere. En semanas recientes ha llegado a decir que Megyn Kelly «no debería moderar el debate del Partido Republicano» organizado por la Fox (ella era la moderadora prevista) y amenazaba una vez más diciendo que de estar ella, él no acudiría. Cumpla o no sus amenazas, es lo de menos. La seguridad en sí mismo de Trump es pasmosa. Lejos de pensar que faltar a un debate puede perjudicarlo, lo planteó públicamente en estos términos: «si no acudo al debate, Fox pasaría de veinticuatro millones de audiencia a dos». Semejante pulso a la gran cadena de la derecha por parte de su candidato preferido es algo que antes resultaba inconcebible. Y es algo que hace mucho daño a Fox y a la percepción general sobre su influencia sobre el proceso electoral del Partido Republicano. En cambio, las encuestas no muestran que nada de todo esto haya perjudicado a Trump.

Si Trump puede enfrentarse de esta manera con Fox News sin que esto le pase factura de cara a sus seguidores, qué no podrá hacer con los medios contrarios a su ideología. Tanto es así, que la prensa asiste perpleja al espectáculo de un candidato que parece crecer más cuantos mayores disparates dice y cuanto mayor desprecio obtiene de los medios; los no afines le atacan continuamente, pero sin resultado alguno. Es como si Trump estuviese por encima de la prensa y del propio aparato del republicanismo tradicional. No los necesita, ellos le necesitan a él. Lo dice así y actúa en consecuencia. Es la estrella. Cuando por cualquier motivo no ha acudido a un debate de las primarias republicanas, los demás candidatos le han mencionado una y otra vez. Ha ganado debates in absentia, lo cual resulta tan desconcertante como motivo de fascinación. Donald Trump es el proverbial elefante en la cacharrería. Se siente indestructible, al menos dentro de la derecha republicana. Pero, ¿qué explica que en efecto parezca tan indestructible?

Un candidato nuevo para un nuevo público

Hay que entender la diferencia entre el Partido Republicano, incluido los sectores más a la derecha como el Tea Party, y los medios de comunicación afines. Es un fenómeno parecido al que se da en la derecha española: los medios afines al PP, o a la derecha en general, pueden ser más extremistas que la propia cúpula del partido. De manera análoga, Fox News y otras figuras de la derecha mediática, como los locutores Rush Limbugh Glenn Beck, se apropiaban de un republicanismo panfletario que está bien para los medios, pero que los candidatos republicanos no adoptan y menos cuanto mayores son sus posibilidades de presentarse a la presidencia. El republicanismo mediático de Fox, Limabaugh o Beck es una ideología que, si me apuran, ni siquiera esos periodistas se terminan de creer del todo. Está pensado para captar un público que, si hacemos caso a los estudios demoscópicos, está compuesta sobre todo por gente con poca formación, edad avanzada, nivel económico medio-bajo y raza blanca. Con un mensaje escorado y patriotero se busca mantener los niveles de audiencia mientras se cuida al candidato republicano de turno, entendiendo que este, como político, defenderá un mensaje menos extremo. Así que hasta ahora los líderes del partido republicano aceptaban la ayuda de Fox sin sentir la necesidad de compartir al dedillo la línea editorial, más extrema, de la cadena. Pues bien, Donald Trump tampoco siente la necesidad de compartir la linea editorial, pero en su caso porque se ha apropiado de ella. El derechismo panfletario de Fox News es ahora el derechismo panfletario de Donald Trump, solo que él lo lleva incluso más lejos. Ha dejado obsoleta a la propia Fox.

Así, de manera desconcertante, Trump ha despreciado una de las estrategias básicas de los candidatos del bipartidismo estadounidense: buscar el swing vote, o «voto flotante». El voto de centro, que diríamos en España. Un voto procedente de aquella masa de personas sin una afiliación ideológica concreta y que votan a un partido o el otro dependiendo de las circunstancias del momento. Es el caladero donde demócratas y republicanos han buscado marcar la diferencia. Por ello los candidatos suelen mostrar una faceta moderada para captar a los indecisos. Incluso los candidatos cercanos al Tea Party guardan las formas a la hora de tratar determinados asuntos, incluso durante las primarias, porque no olvidan que en el futuro, si optan a la presidencia, habrán de atraer al votante de centro. Piensen por ejemplo en cómo el aumento de la población «latina» en Estados Unidos puede explicar el que dos grandes candidatos republicanos tengan apellidos españoles y aparezcan hablando en español para buscar ese voto, algo que no hace tantos años hubiese parecido una anomalía. La presencia de Rubio y Cruz en las primarias puede ayudar a atraer votantes de origen hispano y lo mismo sucede con Ben Carson y el voto afroamericano, que por tradición suele ir casi en bloque al partido demócrata. Pues bien, Trump no solamente se desmarca de esta estrategia centrista sino que se ha permitido el lujo de insultar a los inmigrantes mexicanos tachándolos como «violadores en potencia», por citar una de sus más sonadas salidas de tiesto, algo que mal puede ayudarle a captar el voto latino. Trump desprecia el caladero del swing vote. En la mesa de ruleta de la política, lo apuesta todo a la derecha de la derecha. Y aun así, ha adelantado a Rubio, Cruz, Bush, Carson, y todos los demás grandes nombres del republicanismo. Claro, los analistas se maravillan: ¿de dónde piensa Trump obtener sus votos? ¿De dónde sale su enorme apoyo en la encuestas?

Lo preocupante de Trump no es que pudiese un día ganar las primarias, o cosa más difícil, las elecciones presidenciales, sino que de ganarlas lo haría recurriendo a unos resortes populistas que podrían cambiar la política estadounidense. Algunos analistas empiezan a creer que Trump consigue activar a un público que hasta ahora apenas votaba. Hace no mucho, como algunos dirigentes sindicales comentaban, no sin cierta perplejidad y aprensión, el crecimiento del apoyo a Trump entre sus afiliados. En regiones como el rust belt, el «cinturón del óxido» del nordeste del país, donde la deslocalización y el cierre de industrias manufactureras han dejado tras de sí altos niveles de desempleo y pobreza, el mensaje de Trump parece estar calando. También cala entre aquellas capas obreras de raza blanca donde la inmigración podría levantar ampollas, ya que sería percibida como una competencia laboral «desleal». O entre aquellos a quienes preocupa el terrorismo islámico y piensan que la inmigración es una puerta abierta a las células terroristas. Esto recuerda a la Southern strategy, la «estrategia sureña» que el propio partido republicano utilizó en los sesenta y setenta para canalizar el enfado de votantes blancos de baja formación en los estados sureños. Eran posibles votantes descontentos por el avance de los derechos civiles de la población negra. Trump, de manera indisimulada, emplea su propia «estrategia sureña», aunque su diana ya no son los negros (sería impensable en pleno siglo XXI), sino los inmigrantes, sobre todo los latinos y musulmanes, y las potencias extranjeras. Cuando Trump sugiere por ejemplo expulsar a todos los musulmanes de los Estados Unidos, está apelando a un tipo de votante que otros candidatos no se atreverían a cortejar de manera tan abierta. Y la jugada le está saliendo bien, de cara a las primarias. Eso sí, la misma estrategia podría cerrarle las puertas de la Casa Blanca, pero la estrategia de Trump siempre ha sido la de lidiar con el ahora, no con el mañana, y solucionar los problemas sobre la marcha. Hoy mismo no es rival para Hillary Clinton. En el futuro, ya veremos.

Los tiempos están cambiando

El fenómeno Trump, por excéntrico que parezca, no es algo casual. Se explica dentro de un cuadro de crisis y desencanto, sin el cual tampoco podría explicarse la irrupción de otro fenómeno, esta vez llegado desde el sector más a la izquierda del partido rival. Hablo, cómo no, de Bernie Sanders. Aunque está por ver que Sanders pueda ganar a Clinton en las primarias demócratas, el mero hecho de que le esté plantando cara ya es de por sí una sorpresa. Recordemos que es un candidato que se ha definido como «socialista», término que no hace tanto tiempo era casi un tabú en la política estadounidense —todavía es un tabú para mucha gente en la derecha— y que parecía más propio de veleidades estudiantiles, no de un candidato serio a la presidencia.

En España tenemos la percepción de que el Partido Demócrata, siendo la izquierda mainstream en los Estados Unidos, estaría a la derecha en nuestro espectro político. En muchos aspectos esto era verdad hasta la aparición de Sanders. Su mensaje sí es de izquierdas incluso en términos europeos. Habla del 1% dominante, del mal reparto de la riqueza, y aboga por una socialdemocracia cuyos servicios públicos piensen en el ciudadano, en vez de ser empresas privadas encubiertas (o sin encubrir), como sucede con la sanidad estadounidense. Apenas sorprende que Michael Moore le defienda con entusiasmo. Aunque el mensaje de Sanders es más racional y ni de lejos tan aberrante como el de Donald Trump, comparte un rasgo con él: tampoco habla ni se comporta como un político al uso. Es un candidato distinto, que se presenta con sus propias ideas y que a su manera también parece despreciar la estrategia centrista. También habla para los descontentos. También cuestiona a quienes han manejado el cotarro. También promete inyectar honestidad en el sistema. Aunque sean dos individuos tan opuestos, ambos han conseguido emerger porque entre una parte del pueblo estadounidense ha empezado a cundir el desánimo. Hay gente que está cansada de, como diríamos en España, la vieja política. Allí nadie habla de una segunda transición o una refundación del sistema, pero sí de una renovación de nombres, caras y actitudes. Una renovación no en cuanto a instituciones, pero sí en cuanto a políticas concretas. Aunque es posible que Bernie Sanders pierda la nominación frente a Hillary Clinton, iba a dar una batalla que puede dejar una huella indeleble en la política estadounidense, donde podría solidificarse una izquierda socialdemócrata a la europea.

Algo parecido sucede con Donald Trump. Las encuestas dicen que no podría ganar a Hillary Clinton o Bernie Sanders, porque una mayoría de estadounidenses se espanta ante la idea de ver a Trump en el despacho oval de la Casa Blanca. Aun así, bastaría con que gane en las primarias republicanas para que otras figuras del partido pudiesen interpretar que la mejor manera de hacerse fuertes es apelar a un discurso más extremo y dejar lo del centrismo para las ocasiones, como si fuese un traje de gala. Todo dependerá, claro, de cómo de mal le vaya a un hipotético nuevo gobierno demócrata y de cómo evolucionen la economía o la política exterior. Pero Donald Trump ha abierto la caja de Pandora en el republicanismo, como Sanders la ha abierto en el Partido Demócrata. Una cosa es segura: la política estadounidense va a tardar años en volver a ser aburrida. No sabría decir si eso es bueno o malo, pero desde luego resultará interesante.

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